El flamenco como herencia que se transmite y se reinventa
El flamenco es mucho más que un género musical: es un lenguaje emocional forjado en los márgenes de la historia, nacido del mestizaje cultural en Andalucía entre gitanos, moriscos, judíos y castellanos. A lo largo del tiempo ha evolucionado sin perder sus raíces, convirtiéndose en una forma de expresión artística profundamente rica y compleja, donde se entrelazan el cante, el baile, la guitarra y la percusión.
Esta décima edición del Festival Flamenco Mediterráneo es también una oportunidad para acercarse a ese universo desde distintas miradas: la del cantaor que vuelve a la raíz, la de una compañía que convierte esa raíz en patrimonio compartido, la del diálogo entre dos orillas del Atlántico y la del baile como rito entre dos cuerpos sobre el escenario.
Abrimos con Pedro «El Granaíno» y su recital Granaíno jondo. Nacido en Granada en 1973 y criado en una familia gitana donde el cante formaba parte de la vida cotidiana, Pedro Heredia Reyes se dio a conocer junto a la familia de los Farrucos antes de debutar como solista en el Festival de Jerez de 2012, un salto que ese mismo año le llevó a la Bienal de Sevilla. Premiado en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba y colaborador habitual de Vicente Amigo, Tomatito o Enrique Morente, hoy es una de las voces más solicitadas del cante jondo. Granaíno jondo es un recital de corte clásico que rememora el aroma de Camarón de la Isla y de Tomás Pavón: no una sucesión de palos, sino una entrega total en cada cante que va mostrando los pilares sobre los que se sustenta su voz.
El sábado 7 de noviembre llega Flamenco patrimonio, del Ballet Flamenco de Andalucía, la compañía institucional fundada hace tres décadas por Mario Maya y dirigida hoy por la coreógrafa granadina Patricia Guerrero. Concebido como un espectáculo coral —su cuarta producción al frente de la compañía—, este montaje rinde homenaje a los grandes maestros del arte jondo coincidiendo con el 15º aniversario de la declaración del flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. La obra traza un recorrido musical que parte de Arturo Pavón y avanza por verdiales, peteneras y romances, para convertirse después en un tributo a Granada que reinterpreta el legado de Enrique Morente. Guerrero lo define como «un viaje emocional y creativo por el mestizaje y la raíz de un arte que sigue vivo en sus jóvenes figuras».
El 21 de noviembre, el guitarrista chileno Andrés Hernández «Pituquete» abre la mañana con una masterclass de guitarra, antes de subir esa misma noche al escenario junto a la cantaora Encarna Anillo en Camino de flores. Encarna Anillo Salazar (Cádiz, 1983) se inició en el baile a los 5 años y en el cante a los 8, apadrinada por Chano Lobato y Carmen Linares, y se ha convertido con el tiempo en una de las voces de referencia de los cantes de Cádiz y los Puertos; a los 11 años, Farruco eligió su voz para acompañar el baile de Farruquito, el inicio de una trayectoria que la ha llevado a compartir escenario con Terremoto, Duquende o Niña Pastori. Pituquete, formado en Chile junto a Carlos Ledermann y perfeccionado después con Manolo Sanlúcar y Parrilla de Jerez, vive desde 2007 en Sevilla, donde ganó el Concurso Internacional de Guitarra Flamenca Niño Ricardo. Su guitarra traza en Camino de flores un puente entre dos orillas: la del cante gaditano más genuino y la de quien aprendió a sentirlo desde el otro lado del Atlántico.
Cierra el ciclo, el 28 de noviembre, la bailaora gaditana María Moreno con Magnificat. Formada en el Conservatorio Profesional de Danza de Cádiz y en la compañía de Eva Yerbabuena, ha construido desde Alas del recuerdo (2017) y De la Concepción —Giraldillo Revelación de la Bienal de Sevilla 2018— una trayectoria reconocida con varias nominaciones a los Premios Max. Magnificat, su última creación, parte del episodio evangélico de la Visitación, en el que la Virgen María visita a su prima Isabel y ambas descubren que esperan un hijo, para construir un encuentro gozoso entre dos mujeres que celebran la vida que llevan dentro. Por primera vez, María comparte el baile sobre el escenario, en una obra que ella misma define como religiosa y profana a la vez: un flamenco que respira profundidad sin corsés ni barreras.
Del cante que vuelve a sus raíces a la compañía que las convierte en patrimonio compartido, del diálogo entre Cádiz y Chile al rito que dos cuerpos construyen sobre el escenario: la X edición del Festival Flamenco Mediterráneo vuelve a demostrar que el flamenco no es solo un arte que se escucha o se mira, sino una forma de estar en el mundo que cada generación hereda y reinventa.